“¡vaya! ¡Una moneda de un céntimo! ¡Paso de agacharme!” pensé.
Unos pasos más adelante me crucé con Pepe, la persona más optimista y sonriente que jamás haya conocido. De pequeños éramos amigos, pero hacía años que perdimos el contacto.
Yo había comenzado a trabajar en una de las multinacionales más importantes de la zona, y él sin embargo no trabajaba. De joven dejó los estudios y ahora vive pidiendo dinero.
Tras contarnos un poco nuestra vida él continuó su camino. Yo me paré un segundo para darle mi tarjeta e intentar enchufarle en mi empresa.
Al girarme, me di cuenta de que se estaba agachando a coger la moneda de un céntimo del suelo.
De un salto y con una sonrisa en la cara vino a mí.
-¡Mira lo que he encontrado! ¡Soy el hombre más afortunado del mundo!
Miré bien lo que sostenía entre los dedos, la moneda de un céntimo.
La sonrisa de Pepe era sincera, no se estaba intentando quedar conmigo aunque, ¿cómo alguien podía ser tan feliz con solo un céntimo?
Le extendí mi tarjeta con mi número para que me llamara y ayudarlo. Me dolía ver a un antiguo compañero así.
Con una sonrisa la cogió, asintiendo en gesto de agradecimiento. Acto seguido, hizo un avión con ella y la lanzó.
-Siéntete solidario, acabas de ayudar a alguien que necesita trabajo.
Me quedé alucinado con lo que había hecho. No podía creerlo.
-Pero, ¿qué haces?- le pregunté. - ¡Era para ayudarte a ti!
Empezó a reírse, y tras las carcajadas contestó:
-Yo no necesito tanto el trabajo como otros, si el destino no me lo trae, yo no lo forzaré a venir. Quien encuentre el papelito, se podrá sentir tan afortunado como me siento yo ahora.
No creía lo que estaba viendo.
Nos despedimos. Él, mirando su moneda, se dispuso a atravesar la carretera con la mala suerte de que un coche lo lanzó por los aires. Llamé al hospital, aunque tal vez poco pudieran hacer.
Unos años después, encontré en el suelo una vieja moneda de un céntimo. Me acordé del extraño día con Pepe. Igualmente me agaché. Al levantarme vi a Pepe en una silla de ruedas. “Pero, ¿no estaba muerto?” me pregunté.
Le saludé.
-¡Hola! ¡Cuánto tiempo! ¡Pensé que habías fallecido!
Él lanzó una carcajada.
-No. Verás, en mi vida siempre he tenido dos caminos que elegir. De joven, decidí que quería vivir de la locura y no estudié. A los años, a falta de dinero, me ofrecieron meterme en el negocio de la droga y me negué. Me quería buscar mi suerte, así que con algo de dinero que tenía compré un boleto de la lotería. La suerte se puso a mi favor y me tocó. ¿Qué iba a hacer yo con todo ese dinero? Ya que no lo sentía como de mi propiedad, lo doné TODO a los países pobres en vez de quedármelo y vivir cómodamente. Al encontrar la moneda, pensé que sería de la suerte, y así fue. Decidí cruzar la carretera con los ojos cerrados. Tuve suerte y un coche me atropelló. En el hospital, vi la luz, me moría. Sin embargo, me dije: “¿de verdad quiero morir ya?” no me sentía preparado y decidí vivir.
Me quedé impresionado con lo que estaba diciendo, cada vez era más extraño. Él continuó hablando.
-La vida siempre te ofrece dos camino, tienes que saber elegir el que te lleve a vivir de verdad, el que te vaya a enseñar la vida, el que te ayude a sentirte realizado. No hay que dejarse llevar por la pereza. La verdad es que yo no quiero estar en silla de ruedas. Me querría morir, pero mientras la vida me de la opción de seguir adelante, lo haré. Siempre con una sonrisa, la mejor forma de afrontar las penas.
Tras terminar de hablar, sacó del bolsillo la moneda que había encontrado tiempo atrás, y estirándome el brazo, me dijo:
-Tómala. A mí me dio suerte, me terminó de enseñar a vivir. Tal vez sea lo que necesitas para poder empezar a ser realmente feliz.
Elena García Candau

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