En esta entrada os quiero hablar sobre el vídeo del palanquilla. En él se ve a una chica haciéndole una felación a un chico y mientras otro, "el palanquilla", le sujeta el pelo a la chica, y un tercero lo está grabando todo. Los niños pueden tener una edad de entre 13 y 14 años aproximadamente, y la niña igual. El vídeo se realiza en un pueblo de Cádiz.
No sé en qué momento puedes estar tan aburrido o ser tan tonto para hacer eso, la niña no sé en qué estaría pensando, en su defensa digo que no sabía que lo iban a grabar.
Después los niños subieron el vídeo a YouTube, viéndolo casi todo el mundo del pueblo y de otros lugares, el vídeo también se mandó de un móvil a otro haciendo que lo tuvieran aún más personas y que se quedase en esos móviles.
La niña y sus padres han denunciado a los niños a la policía y estos han quitado el vídeo de todas las partes de Internet donde estaba colgado. Los niños y sus familias se han tenido que cambiar de ciudad porque allí todos los conocen y quedarán marcados para el resto de la vida por el vídeo.
Pero además subir vídeos sexuales de menores es ilegal, por lo que les podría haber causado graves problemas a los que lo subieron.
La niña se intentó suicidar por una sobredosis de pastillas, pero no lo consiguió porque los padres la cogieron a tiempo y no murió, pero sí fue a urgencias. La niña les dijo a los padres que quería mudarse porque todos la conocían por el vídeo y así no podía vivir.
Creo que a los chicos les parecía gracioso grabar un vídeo y luego subirlo, pero al ser demandado por la chica y todo lo que le pasó, ya no les resultaba tan gracioso. Todo esto también nos enseña que desconocemos las redes sociales y no sabemos el peligro de éstas, ya que algo como este vídeo u otras cosas similares a esta pueden acabar en suicidio o cambiar a una familia entera.
En mi opinión tiene que ver con la ética porque se nos pone un claro ejemplo de la poca ética que puede tener algunas personas grabando un vídeo como este y subiéndolo a las redes sociales.
domingo, 14 de abril de 2013
lunes, 8 de abril de 2013
¿Tú qué habrías hecho?
Todos conocemos el término drogas, en el instituto personas de mi edad lo utilizan bastante como broma. Tras cuatro años de instituto, charlas, conferencias y folletos te sabes de memoria todos sus efectos, todos los daños que te causan y lo malas que son sin haberlas probado siquiera.
Creo que es un tema que se trabaja anualmente, que los profesores nos machacan e intentan hacernos reflexionar sobre lo estúpido que es consumirlas.
De forma extraña, gente de mi edad que ha trabajado el tema tanto como yo las sigue tomando, como si nada les fuera a pasar, como si de un ser inmortal se tratara.
Mas en este texto no quiero hablar de las drogas en sí, ni de las personas que las consumen ni del daño que se hacen. Quiero aprovechar para hablar de las personas que las venden, esas a las que muchos señalan con el dedo diciéndoles criminales sin saber por qué lo hacen.
No digo que los comúnmente conocidos como camellos no sean delincuentes ni mucho menos pero, ¿eso los pone al nivel de un asesino?
Mi inspiración para este crédito es que hace poco una persona de mi ambiente cercano se introdujo en la venta de droga. Él no pretendía hacer ningún mal. Sabía que estaba mal, pero el banco los había amenazado con embargarle la casa a toda su familia, una familia en la que entraba poco dinero mensualmente, en la que duramente llegan a fin de mes.
Cuando a mi amigo se le presentó la oportunidad de conseguir dinero fácil la aprovechó.
Tras estar unos meses en la venta de estas malditas sustancias, se dio cuenta que las personas para las que trabajaba lo estaban empezando a obligar a hacer cosas que él no quería llevar a cabo.
Este chaval se cansó y decidió dejar el negocio mas no podía, lo habían amenazado con matarlo.
Cada vez que me contaba algo del tema se me descomponía todo el cuerpo, se me cambiaba la cara, sentía como si fuera yo la que estaba en la situación y pensaba en que lo mataran, o en todo lo que le pudiera pasar. Durante semanas rompía a llorar a la mínima mención del tema, aunque fuera con intenciones de gastar una broma.
Ahora que en ética estamos tratando los dilemas morales, quiero comentar el gran dilema que tenía en ese momento ya que no sabía qué hacer, dudaba entre si debía contarlo a la policía para evitar que lo matasen aunque él se llevase una sanción por vender droga; o dejar la situación tal y como estaba. Legalmente debería haber ido a la policía y haber contado el crimen desde el principio pero, ¿de verdad sería capaz de hacer eso a un amigo?
¿Tú qué habrías hecho?
E.G.C.
Creo que es un tema que se trabaja anualmente, que los profesores nos machacan e intentan hacernos reflexionar sobre lo estúpido que es consumirlas.
De forma extraña, gente de mi edad que ha trabajado el tema tanto como yo las sigue tomando, como si nada les fuera a pasar, como si de un ser inmortal se tratara.
Mas en este texto no quiero hablar de las drogas en sí, ni de las personas que las consumen ni del daño que se hacen. Quiero aprovechar para hablar de las personas que las venden, esas a las que muchos señalan con el dedo diciéndoles criminales sin saber por qué lo hacen.
No digo que los comúnmente conocidos como camellos no sean delincuentes ni mucho menos pero, ¿eso los pone al nivel de un asesino?
Mi inspiración para este crédito es que hace poco una persona de mi ambiente cercano se introdujo en la venta de droga. Él no pretendía hacer ningún mal. Sabía que estaba mal, pero el banco los había amenazado con embargarle la casa a toda su familia, una familia en la que entraba poco dinero mensualmente, en la que duramente llegan a fin de mes.
Cuando a mi amigo se le presentó la oportunidad de conseguir dinero fácil la aprovechó.
Tras estar unos meses en la venta de estas malditas sustancias, se dio cuenta que las personas para las que trabajaba lo estaban empezando a obligar a hacer cosas que él no quería llevar a cabo.
Este chaval se cansó y decidió dejar el negocio mas no podía, lo habían amenazado con matarlo.
Cada vez que me contaba algo del tema se me descomponía todo el cuerpo, se me cambiaba la cara, sentía como si fuera yo la que estaba en la situación y pensaba en que lo mataran, o en todo lo que le pudiera pasar. Durante semanas rompía a llorar a la mínima mención del tema, aunque fuera con intenciones de gastar una broma.
Ahora que en ética estamos tratando los dilemas morales, quiero comentar el gran dilema que tenía en ese momento ya que no sabía qué hacer, dudaba entre si debía contarlo a la policía para evitar que lo matasen aunque él se llevase una sanción por vender droga; o dejar la situación tal y como estaba. Legalmente debería haber ido a la policía y haber contado el crimen desde el principio pero, ¿de verdad sería capaz de hacer eso a un amigo?
¿Tú qué habrías hecho?
E.G.C.
sábado, 6 de abril de 2013
¡Tengo hambre!
La primera vez que me llamaron "gorda" tenía unos ocho o nueve años, y fueron mis primos. Su inteligencia les hizo comprender que el dolor causado por un puñetazo o una bofetada de un niño resulta bastante efímero, mientras que con una palabra podían llevarme a las lágrimas sin grandes esfuerzos.
En mi caso, fue el comienzo del complejo más grande de toda mi vida.
Cuando sumé dos más dos y me di cuenta de que tenían razón, y mi cuerpo no crecía como el de mis compañeros, me entró el pánico. En el colegio nadie podía percibirlo, ¡bajo ningún concepto!.
Pero cada vez que le caía mal a alguien, cada vez que alguien trataba de hacerme daño, me atacaba de esa forma.
Saltemos en el tiempo. Cursaba mi segundo año de instituto, y acababa de salir de una clase.
-¡Eh! ¡Gorda! ¡Vaca!
Compañeros míos de curso me señalaban, gritaban y se reían desde un banco. Otro día más. Otra vez más. Otro año más. Pero el hecho de que ocurra tan a menudo como unas seis veces al día no lo hace más fácil de llevar. No hace que te acostumbres.
Comencé a tomar medidas. Suprimí desayunos, postres y meriendas, utilicé ropa más ancha y aprovechaba cada minuto de las horas más calurosas de la primavera y el verano para hacer ejercicio.
Y sin embargo, seguía viendo mi cuerpo igual de feo. Rechoncho y lleno de estrías amoratadas.
Sin embargo, la primera vez que pensé en un método más...radical, a falta de otra palabra, ya había cumplido los quince años. Acababa de pelearme con una amiga muy cercana, y ella (muy puerilmente) me atacó utilizando esos complejos que tan bien conocía. Mediante un tablón de Tuenti, enumeró todos los defectos físicos que tanto a sus ojos como a los míos, tengo.
El estómago me lanzó una fuerte punzada. Todo mi esófago protestó, el vómito me quemó la garganta al salir. Allí, sudorosa y dolorida a los pies del inodoro, quise abofetearme. Qué bajo había caído. Decepcionada conmigo misma, y temerosa de fallar a los míos, dejé de hacerlo para siempre.
Y sin embargo hay recuerdos que no se pueden borrar, como el mareo, las rugosas cicatrices de mis antebrazos, la quemazón, la ansiedad, las estrías, la sensación de traicionarte a ti misma.
Pero frecuentemente me pregunto, ¿y si no hubiera podido dejarlo? Aún hoy, cuento cada caloría que como, y me entra una terrible ansiedad si pienso que voy a engordar un solo gramo. Porque soy así de imbécil y superficial. ¿Y si hubiera pensado en vomitar una vez más? Ya no habría fin. Y me convertiría en una bolsa de piel y huesos, que sigue viendo carne rechoncha en el espejo. Más de 20000 personas mueren al año de anorexia y bulimia.
Y aunque no me eximo de mis culpas, no creo que estas personas, los que padecen trastornos de este tipo, tengan algún tipo de problema psicológico o mental. Los enfermos mentales son personas como mis compañeros de curso, como mis primos, como mi amiga.
La que tiene un problema mental es la Sociedad.
Cristina Elena Castro.
En mi caso, fue el comienzo del complejo más grande de toda mi vida.
Cuando sumé dos más dos y me di cuenta de que tenían razón, y mi cuerpo no crecía como el de mis compañeros, me entró el pánico. En el colegio nadie podía percibirlo, ¡bajo ningún concepto!.
Pero cada vez que le caía mal a alguien, cada vez que alguien trataba de hacerme daño, me atacaba de esa forma.
Saltemos en el tiempo. Cursaba mi segundo año de instituto, y acababa de salir de una clase.
-¡Eh! ¡Gorda! ¡Vaca!
Compañeros míos de curso me señalaban, gritaban y se reían desde un banco. Otro día más. Otra vez más. Otro año más. Pero el hecho de que ocurra tan a menudo como unas seis veces al día no lo hace más fácil de llevar. No hace que te acostumbres.
Comencé a tomar medidas. Suprimí desayunos, postres y meriendas, utilicé ropa más ancha y aprovechaba cada minuto de las horas más calurosas de la primavera y el verano para hacer ejercicio.
Y sin embargo, seguía viendo mi cuerpo igual de feo. Rechoncho y lleno de estrías amoratadas.
Sin embargo, la primera vez que pensé en un método más...radical, a falta de otra palabra, ya había cumplido los quince años. Acababa de pelearme con una amiga muy cercana, y ella (muy puerilmente) me atacó utilizando esos complejos que tan bien conocía. Mediante un tablón de Tuenti, enumeró todos los defectos físicos que tanto a sus ojos como a los míos, tengo.
El estómago me lanzó una fuerte punzada. Todo mi esófago protestó, el vómito me quemó la garganta al salir. Allí, sudorosa y dolorida a los pies del inodoro, quise abofetearme. Qué bajo había caído. Decepcionada conmigo misma, y temerosa de fallar a los míos, dejé de hacerlo para siempre.
Y sin embargo hay recuerdos que no se pueden borrar, como el mareo, las rugosas cicatrices de mis antebrazos, la quemazón, la ansiedad, las estrías, la sensación de traicionarte a ti misma.
Pero frecuentemente me pregunto, ¿y si no hubiera podido dejarlo? Aún hoy, cuento cada caloría que como, y me entra una terrible ansiedad si pienso que voy a engordar un solo gramo. Porque soy así de imbécil y superficial. ¿Y si hubiera pensado en vomitar una vez más? Ya no habría fin. Y me convertiría en una bolsa de piel y huesos, que sigue viendo carne rechoncha en el espejo. Más de 20000 personas mueren al año de anorexia y bulimia.
Y aunque no me eximo de mis culpas, no creo que estas personas, los que padecen trastornos de este tipo, tengan algún tipo de problema psicológico o mental. Los enfermos mentales son personas como mis compañeros de curso, como mis primos, como mi amiga.
La que tiene un problema mental es la Sociedad.
Cristina Elena Castro.
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