La primera vez que me llamaron "gorda" tenía unos ocho o nueve años, y fueron mis primos. Su inteligencia les hizo comprender que el dolor causado por un puñetazo o una bofetada de un niño resulta bastante efímero, mientras que con una palabra podían llevarme a las lágrimas sin grandes esfuerzos.
En mi caso, fue el comienzo del complejo más grande de toda mi vida.
Cuando sumé dos más dos y me di cuenta de que tenían razón, y mi cuerpo no crecía como el de mis compañeros, me entró el pánico. En el colegio nadie podía percibirlo, ¡bajo ningún concepto!.
Pero cada vez que le caía mal a alguien, cada vez que alguien trataba de hacerme daño, me atacaba de esa forma.
Saltemos en el tiempo. Cursaba mi segundo año de instituto, y acababa de salir de una clase.
-¡Eh! ¡Gorda! ¡Vaca!
Compañeros míos de curso me señalaban, gritaban y se reían desde un banco. Otro día más. Otra vez más. Otro año más. Pero el hecho de que ocurra tan a menudo como unas seis veces al día no lo hace más fácil de llevar. No hace que te acostumbres.
Comencé a tomar medidas. Suprimí desayunos, postres y meriendas, utilicé ropa más ancha y aprovechaba cada minuto de las horas más calurosas de la primavera y el verano para hacer ejercicio.
Y sin embargo, seguía viendo mi cuerpo igual de feo. Rechoncho y lleno de estrías amoratadas.
Sin embargo, la primera vez que pensé en un método más...radical, a falta de otra palabra, ya había cumplido los quince años. Acababa de pelearme con una amiga muy cercana, y ella (muy puerilmente) me atacó utilizando esos complejos que tan bien conocía. Mediante un tablón de Tuenti, enumeró todos los defectos físicos que tanto a sus ojos como a los míos, tengo.
El estómago me lanzó una fuerte punzada. Todo mi esófago protestó, el vómito me quemó la garganta al salir. Allí, sudorosa y dolorida a los pies del inodoro, quise abofetearme. Qué bajo había caído. Decepcionada conmigo misma, y temerosa de fallar a los míos, dejé de hacerlo para siempre.
Y sin embargo hay recuerdos que no se pueden borrar, como el mareo, las rugosas cicatrices de mis antebrazos, la quemazón, la ansiedad, las estrías, la sensación de traicionarte a ti misma.
Pero frecuentemente me pregunto, ¿y si no hubiera podido dejarlo? Aún hoy, cuento cada caloría que como, y me entra una terrible ansiedad si pienso que voy a engordar un solo gramo. Porque soy así de imbécil y superficial. ¿Y si hubiera pensado en vomitar una vez más? Ya no habría fin. Y me convertiría en una bolsa de piel y huesos, que sigue viendo carne rechoncha en el espejo. Más de 20000 personas mueren al año de anorexia y bulimia.
Y aunque no me eximo de mis culpas, no creo que estas personas, los que padecen trastornos de este tipo, tengan algún tipo de problema psicológico o mental. Los enfermos mentales son personas como mis compañeros de curso, como mis primos, como mi amiga.
La que tiene un problema mental es la Sociedad.
Cristina Elena Castro.
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